
Por Yomaira de León
A veces, la vida nos coloca en caminos inciertos, donde lo que vemos no es más que un pequeño fragmento. Sin embargo, caminar por fe nos invita a confiar, aun cuando no vemos el panorama completo.
Dios nos guía más allá de nuestros ojos. Él conoce el futuro, y en su mano hay un plan perfecto. No se trata de entender cada paso, sino de darlo con esperanza, sabiendo que, aunque no lo veas, Él está obrando.
En los momentos de duda, el amor de Dios es la luz que nos sostiene. Es la fuerza que nos impulsa a seguir, aun cuando el horizonte se oscurece. Cada paso que damos es un acto de fe, un voto de confianza en algo más grande que nosotros.
Amar al prójimo es parte de ese camino. Es ver en cada persona un reflejo de Dios, una oportunidad de sembrar compasión, empatía y bondad. Cuando amamos sin esperar, damos pasos firmes hacia la plenitud.
Amar la vida es reconocer que cada día es un regalo. Es entender que las caídas son parte del proceso, y que, aunque no veamos la meta, cada amanecer es una oportunidad nueva.
Así, caminemos por fe, no por visión. Confiemos en que cada paso, dado con amor, nos lleva a un propósito más alto, y que, al final del camino, la fe será la luz que nos lleve a casa.




